- Alguien hizo la cuenta, y el resultado es demoledor
- 600 horas, y lo que hay detrás de esa cifra
- Las cifras de vocabulario que todo el mundo repite están inventadas
- Qué ha cambiado desde 2023 y qué sigue igual
- Entonces, ¿qué funciona de verdad?
- Dónde encajamos nosotros y dónde no
- La frase que suena dura y en realidad te quita un peso
- Fuentes
Todas las apps de idiomas prometen lo mismo, y no es mala promesa: esto te cabe en el día. Babbel habla de quince minutos. Duolingo diseñó todas sus lecciones en torno a cinco. La más franca es Busuu, que te deja elegir el objetivo diario en un menú: ahí, diez minutos al día figuran como regular y veinticinco, como intensivo.
Nadie miente: esas son las dosis para las que están pensados los productos. El problema aparece cuando las pones al lado del tamaño real del trabajo. Casi nadie lo hace, porque las cifras que circulan sobre aprender idiomas se repiten mucho más de lo que se comprueban.
Vamos a comprobarlas.
Alguien hizo la cuenta, y el resultado es demoledor
En enero de 2023, la revista alemana de informática c't llevó el asunto a portada con un reportaje de Nico Jurran titulado Sprachfindung. Han pasado tres años y no se ha escrito nada mejor sobre por qué las apps de idiomas se atascan. Jurran pertenece a esa especie rara de periodista tecnológico que se niega a juzgar un producto con las reglas del propio producto. Los demás se preguntaban si las lecciones eran divertidas. Él se hizo la única pregunta que importa: si el producto cumple lo que vende. Y luego se tomó el trabajo de averiguarlo.
Lo más inteligente que hizo fue una división, y ahí está la gracia. Tomó las horas que el Foreign Service Institute estadounidense asigna al español, al italiano y al francés, las convirtió en sesiones de quince minutos y le salieron más de 1900. Una al día son más de cinco años. La dosis anunciada no se queda un poco corta. Se queda corta por un orden de magnitud. Un sector entero llevaba años citando esas horas del FSI sin que a nadie se le ocurriera dividir.
No se quedó en el titular: fue a ver dónde se pierden las horas que sí inviertes. Es la parte del reportaje donde más se nota lo bien que había mirado. Si alguna vez terminaste un curso y después te quedaste en blanco en una cena, esta lista te va a doler:
- Eliges, no produces. Casi todos los ejercicios te sirven las palabras ya hechas, en fichas para arrastrar o en una lista para marcar, porque eso es lo que cabe en la pantalla del móvil. Reconocer una palabra es muchísimo más fácil que producirla, y hablar consiste precisamente en producirla. En la panadería nadie se pone a tu lado con las formas correctas en fichitas.
- Todo llega en frases sueltas. Así nunca desarrollas la destreza que escuchar exige: sostener un tramo largo de habla y separar lo importante del relleno. Ahí está la diferencia entre seguir una conversación y perderte en el primer silencio.
- El audio es demasiado limpio. Las mismas voces, el mismo ritmo, silencio de estudio. El oído se hace con hablantes distintos, velocidades distintas y algo de ruido de fondo.
- Hablar casi no se entrena. Repetirle a un reconocedor de voz una frase que te acaban de dar entrena la pronunciación y nada más.
- Casi nunca escribes nada tuyo. No porque no sirviera, sino porque una máquina no sabe corregirlo y una persona que sepa cuesta dinero.
- No hay a quién preguntar. Y la estructura que no te entró se queda sin entrar.
También hizo lo que hacen los buenos reporteros: en vez de llamar al gabinete de prensa de otra app, buscó a alguien que estudia esto para ganarse la vida. La experta del reportaje es la doctora Nicola Würffel, catedrática de alemán como lengua extranjera en el Instituto Herder de Leipzig. Para las destrezas difíciles, Würffel califica el formato de tareas pequeñas de unterkomplex, poco complejo: sirve para fijar formas, pero se queda corto para el procesamiento profundo que exige usar un idioma con libertad. Y describe la sensación con la frase en la que se reconoce cualquier persona atascada: «Aparentemente estoy aprendiendo con éxito y, aun así, no llego a ningún uso activo y libre del idioma».
Eso fue hace tres años. Lo que queda de este texto es nuestra manera de comprobar si sigue en pie, que es el mayor cumplido que se le puede hacer a un trabajo periodístico: que todavía merezca la pena volver a él.
600 horas, y lo que hay detrás de esa cifra
Las cifras del FSI se citan a todas horas, casi siempre de segunda mano y casi siempre sin las condiciones que les dan sentido.
Aquí van enteras. El FSI ordena los idiomas por lo que le cuestan a un angloparlante. En la categoría I están el francés, el español, el rumano y el neerlandés: de 24 a 30 semanas, es decir, 600 a 750 horas de clase. El alemán queda una categoría por encima, alrededor de 30 semanas. La meta es un B2 o un C1, más o menos.
Ahora las condiciones, que pesan más que el número. Son horas de clase, con tareas para casa aparte. Los alumnos son adultos elegidos en parte por aptitud, que estudian a jornada completa, en grupos pequeños, con un profesor que responde las dudas en el momento y corrige los errores antes de que se fosilicen. Si tú aprendes por tu cuenta, de noche y después del trabajo, la cifra del FSI no es tuya. Léela como un suelo.
Convierte 600 horas en sesiones de quince minutos y te salen 2400, que a una por día son seis años y medio. Pon Busuu en intensivo, veinticinco minutos, y aún te quedan por delante 1440 días.
Nada de esto se escribe para desanimar a nadie, ni es un motivo para dejarlo. Es un motivo para tirar a la basura una sensación concreta. Si terminaste un curso, mantuviste una racha larguísima y aun así no pudiste decir lo que querías decir en una cena, no te faltó disciplina ni te faltó talento. Hiciste una fracción mínima del trabajo mientras una interfaz te confirmaba cada día que ibas por buen camino. La distancia que notaste es aritmética, no aptitud.
Las cifras de vocabulario que todo el mundo repite están inventadas
Es en este punto donde comprobar los datos compensa, y donde nos apartamos de nuestra propia fuente. Jurran acertó en lo difícil y falló en lo fácil, que es el orden de siempre: lo que falla es lo que repite todo el mundo.
El reportaje de c't reproducía una de esas tablas del Marco común europeo con una cifra de vocabulario al lado de cada nivel: entre 500 y 700 palabras en A1, 1500 en A2, 2500 en B1, 4000 en B2, 8000 en C1 y 16 000 en C2. Has visto versiones de esa tabla en blogs de idiomas, en el marketing de los cursos y probablemente en tu propio correo.
El Marco común europeo no contiene ninguna cifra de vocabulario. Describe qué sabe hacer alguien en cada nivel, no cuántas palabras lleva encima. Cada número de esa tabla es una estimación posterior de alguien, y las estimaciones se contradicen entre sí por miles de palabras. La tabla lleva tanto tiempo dando vueltas que ya parece una fuente, y así es exactamente como sobreviven estas cosas.
La investigación seria dice otra cosa, y más útil.
James Milton midió el tamaño del vocabulario a lo largo de los niveles del Marco y calculó que hacen falta unas 1500 palabras para llegar al A2, quizá otras 1500 para el B1 y alrededor de 3500 para el B2. Su conclusión: por debajo de 5000 palabras no hay nada que se parezca a la soltura en una lengua europea. Su prueba solo llega a las 5000 palabras más frecuentes, así que los niveles altos son justo donde el instrumento se queda sin recorrido.
Paul Nation lo abordó por el otro extremo. En vez de preguntar qué tienen los alumnos, preguntó qué exigen los textos. Con un corpus grande de inglés calculó qué vocabulario hace falta para cubrir el 98 por ciento de un texto, que es el punto en el que leer empieza a funcionar sin ayuda constante. La respuesta: 8000 a 9000 familias de palabras para el texto escrito, y 6000 a 7000 para el habla. Las novelas salieron entre 8000 y 9000. Los periódicos, en 8000 más los nombres propios. La conversación no guionizada y las tertulias de radio, entre 6000 y 7000.
Tres advertencias honestas. Milton y Nation cuentan en unidades algo distintas, así que las dos series de cifras no se pueden poner una al lado de la otra. Los dos trabajaron con el inglés, de modo que los números exactos son del inglés: a otras lenguas pasa la forma, no el detalle. Y un 98 por ciento de cobertura todavía te deja una palabra desconocida de cada cincuenta, más o menos una cada cuatro o cinco líneas de un libro de bolsillo.
Pero fíjate en la forma, porque las dos líneas dibujan la misma, y no es la de la tabla popular. Los primeros peldaños son pequeños y compartidos. Mil palabras cada uno, más o menos, y las mismas para todo el mundo: la franja exacta en la que un único temario puede servir a millones de personas. Después, lo que hace falta para funcionar en el idioma, lo midas por el lado que lo midas, queda entre cinco mil y nueve mil. Es decir: del B1 a desenvolverte sin esfuerzo no hay un peldaño más del tamaño del anterior. Hay varias veces todo lo que has hecho hasta ahí.
Todo esto es peor noticia para las apps de curso que el mito, no mejor. Los 16 000 del C2 de la tabla popular se despachan fácilmente como un problema de traductores. Los 8000 o 9000 de Nation son la cifra para leer una novela o un periódico, algo que la gente corriente sí quiere hacer, y rebasan con mucho el punto en el que un curso todavía tiene un orden sensato que proponer. Corregir el único número flojo de Jurran no le hace ni un rasguño a su argumento. Al contrario: lo afila.
Qué ha cambiado desde 2023 y qué sigue igual
Sería injusto leer un texto de 2023 como si fuera de hoy, y una de esas seis carencias sí se ha cerrado de veras.
Hablar ya tiene respuesta. Duolingo lanzó Video Call, un interlocutor con inteligencia artificial, lo desplegó en Android en enero de 2025 y desde entonces le ha ido sumando idiomas. Está dentro del plan Max, y el resto del sector ha salido detrás con algo parecido. Hay que reconocerle a Luis von Ahn que lo plantea sin inflarlo: esta es la clase de práctica que antes obligaba a viajar a algún sitio o a pagar un tutor. Para el problema concreto de poner la boca en marcha sin que nadie te juzgue, funciona, y está ahí a las tres de la madrugada. El hueco de no tener a quién preguntar también se ha estrechado: un modelo te explica el subjuntivo a la hora que sea, con la reserva de siempre, que sonará igual de seguro cuando se equivoque.
Lo que sigue igual es todo lo que tiene que ver con el volumen. Un interlocutor artificial no convierte 600 horas en 60. No te pone una grabación con ruido y seis personas hablando a la vez, no te hace leer una novela y no averigua cuáles son tus cinco mil palabras. Duolingo se reconstruyó alrededor de la inteligencia artificial en 2025 y llegó a 58,7 millones de usuarios diarios en el segundo trimestre de 2026. Nada de eso cambia la cuenta.
Hay además un patrón que conviene nombrar. Todos los arreglos serios que han lanzado las empresas (clases en directo, pódcast, video largo, interlocutores de conversación) quedan fuera del bucle central de la app. Léelo como una confesión, y es una confesión honesta: esto funciona, y no funciona solo.
Entonces, ¿qué funciona de verdad?
El consejo de Würffel cabe en una frase: ten claro qué quieres aprender, elige en consecuencia y combina. Aquí va una versión concreta, más o menos en el orden en que cada pieza empieza a importar.
1. Usa la app de curso para el tramo de principiante y deja de esperar a que crezca contigo. Durante A1 y A2 hace lo que mejor se le da: formas, estructuras, tus primeras mil quinientas palabras y el hábito. Eso sí: no confundas un árbol terminado con la línea de meta.
2. Pasa de elegir a producir en cuanto lo aguantes. Desactiva los bancos de palabras siempre que la opción exista. Teclea en vez de tocar la pantalla. Usa la versión web, que suele pedir respuestas más largas que la del móvil. Cualquier ejercicio que te sirva las piezas hechas es un ejercicio que aprobarás sin aprender gran cosa.
3. Añade input largo y desordenado, elegido porque te interesa y no porque encaje con tu nivel. Pódcast con transcripción, lecturas graduadas, ediciones bilingües, radio, YouTube, películas que ya te sabes de memoria. Ojo con dos trampas. Los subtítulos convierten un ejercicio de escucha en uno de lectura sin que te des cuenta. Y el audio limpio de estudio no te va a preparar jamás para la megafonía de una estación, así que busca a propósito grabaciones con varias voces y algo de ruido.
4. Mete a una persona de carne y hueso, antes de lo que te pide el cuerpo. Un compañero de tándem, un tutor de italki o de Preply, las clases en grupo de las propias empresas. Un interlocutor artificial es un entrenamiento diario excelente y un mal sustituto del pequeño riesgo social que fija el habla. Y a una persona, además, le puedes preguntar.
5. Hazte cargo de tu vocabulario, y empieza mucho antes de que te parezca necesario. Con las cifras anteriores sobre la mesa, esta es la pieza que decide si las otras cuatro suman algo.
Dónde encajamos nosotros y dónde no
Vokabulo se ocupa de esa quinta pieza. Las palabras salen de tu vida y no de un temario: la expresión que usó un compañero en una reunión, el cartel por el que pasas cada mañana, la cláusula del contrato de alquiler que entendiste a medias, cada una guardada con la situación en la que te la encontraste. La repetición espaciada te las devuelve según un calendario y no según una racha, escribes tus respuestas en vez de elegirlas entre fichas, y las etiquetas de uso te dicen si una expresión va en un mensaje a un amigo o en un correo a un cliente.
La razón de hacerlo así es la forma que dibuja la investigación. Las primeras mil o dos mil palabras son compartidas, y debería dártelas un curso. Las cinco o seis mil siguientes no las comparte nadie: están hechas de tu trabajo, tu calle, tu familia y tu papeleo. Ningún temario puede elegirlas, porque nadie sabe cuáles son salvo tú.
Los límites, con honestidad. Vokabulo no te va a entrenar el oído con la megafonía de un andén, no te va a corregir el correo largo que escribiste y no te va a resolver la duda sobre el subjuntivo. Para eso hacen falta el input, una persona y un profesor, que es justo la combinación que defendía Würffel.
La frase que suena dura y en realidad te quita un peso
Jurran cerró su reportaje con una frase que parece una mala noticia: «aprender un idioma por completo con apps es prácticamente imposible». Es el tipo de frase que una revista que vive de la publicidad tecnológica podría haber suavizado sin que nadie se lo reprochara, y él no la suavizó.
Pero alivia, porque saca el fracaso de tu carácter. Te dieron una herramienta excelente para una parte del problema, y con ella la promesa implícita de que lo cubría entero.
Y las buenas noticias son reales. Hay más material para escuchar y leer en la lengua que estudias que en ningún otro momento de la historia, hay gente con quien hablar en todos los husos horarios y hay un interlocutor en tu bolsillo a cualquier hora. El trabajo sigue siendo de seiscientas horas. Solo que ahora son horas mucho mejores, y quien decide con qué se llenan eres tú.
Más sobre la parte del vocabulario en por qué Duolingo no funciona, sobre las distintas apuestas de los dos productos en Duolingo y Vokabulo, y sobre el nivel donde todo esto se junta en cómo superar la meseta del nivel intermedio.
Fuentes
- Nico Jurran, Sprachfindung, c't Magazin 1/2023, página 60, con la entrevista a la doctora Nicola Würffel, del Instituto Herder de Leipzig. Si lees alemán, léelo: este artículo no existiría sin el suyo.
- Foreign Service Institute, horas de formación por categoría de idioma.
- I.S.P. Nation (2006). How large a vocabulary is needed for reading and listening? The Canadian Modern Language Review, 63(1), 59-82.
- James Milton, The development of vocabulary breadth across the CEFR levels, EuroSLA Monographs.
- Anuncios de producto y comunicaciones a inversores de Duolingo, 2025 y 2026.