- La palabra describe una frontera, no a una persona
- Tus compañeros oyen esfuerzo y lo anotan como duda
- Nadie tiene que excluirte para que acabes fuera
- El recelo no se disuelve con información, se disuelve con trato
- La cuenta sale más cara de lo que la gente supone
- Entonces aprende el idioma, y apunta al blanco correcto
- Al equipo le cuesta mucho menos que a ti
- Dónde encajamos y dónde no
- Fuentes
La primera semana en el trabajo nuevo va bien. La gente es amable, las diapositivas de bienvenida están en inglés, alguien te muestra dónde está el café bueno. Y un jueves cuatro compañeros se quedan conversando junto a la ventana, la conversación se pasa al idioma del país, alguien suelta una frase corta, todos se ríen, y tú te ríes medio segundo tarde.
No pasa nada desagradable. Nadie te deja fuera a propósito. Y aun así algo pasa, y a lo largo de un año se va acumulando: cuando un trabajo en el extranjero fracasa en silencio, ese es el motivo del que menos se habla.
La palabra describe una frontera, no a una persona
Las leyes de extranjería lo dicen con una sobriedad notable, y todas recurren a la misma operación. En España, el artículo 1.1 de la Ley Orgánica 4/2000 establece que «se consideran extranjeros, a los efectos de la aplicación de la presente Ley, a los que carezcan de la nacionalidad española». En México, el artículo 3, fracción XXI, de la Ley de Migración define a la persona extranjera como «la persona que no posea la nacionalidad mexicana, conforme a lo previsto en el artículo 30 de la Constitución». Y la ley alemana de residencia lo resuelve en una línea igual de escueta: extranjero es todo el que no sea alemán.
Ahí está la definición completa, y no contiene ni una sola propiedad de la persona. Es una resta.
Las palabras de todos los días están construidas igual. Extranjero viene del latín extraneus, «de fuera», y de esa misma raíz salen el étranger francés, el straniero italiano y el estrangeiro portugués; el inglés foreigner procede de una palabra que significaba «de puertas afuera». Todas trazan una línea y ninguna describe a un ser humano.
Ahora lleva esa categoría a una oficina y fíjate en cómo deja de funcionar. En la máquina de café nadie ve tu permiso de residencia. Desde la mesa de al lado tu situación administrativa es invisible, y para casi todo lo que ocurre allí da exactamente igual.
La frase que acabas de decir, en cambio, se oye perfectamente.
Por eso la definición que de verdad rige dentro de una empresa no es la jurídica, sino esta: extranjero es el que no entiendo sin esfuerzo. Y contra esa definición sí puedes hacer algo.
Tus compañeros oyen esfuerzo y lo anotan como duda
Lo que entra sin esfuerzo gusta más. Se ha comprobado una y otra vez, con imágenes, con palabras, con sonidos: la comodidad de quien mira o escucha termina apuntada en el haber de lo mirado o escuchado.
Con el habla pasa igual. En un experimento, un grupo de personas escuchó datos curiosos leídos en voz alta, unas veces por hablantes nativos y otras por hablantes con acento, y tuvo que valorar qué probabilidad había de que cada afirmación fuera cierta. A quienes leían les habían entregado las frases ya escritas, así que ni el conocimiento ni la honestidad de quien leía entraban en juego. Aun así, a las voces con acento se les creyó menos.
A un segundo grupo se le explicó de antemano y sin rodeos de qué trataba el estudio. Con el aviso por delante, los participantes corrigieron por completo el efecto de un acento leve. Con uno marcado no lo consiguieron.
El resultado admite dos lecturas y conviene quedarse con las dos, porque de ahí depende cómo interpretes tu propio primer año. El efecto apareció en gente que se estaba esforzando por ser justa. Y el esfuerzo de quien escucha se parece mucho a la duda, que acaba anotada en la cuenta de quien habla y no en la de la dificultad.
Al lado de ese efecto actúa otro todavía más común. A una conversación que cruza una frontera de idioma se llega con una preocupación pequeña y muy concreta: hacer el ridículo, que lo entiendan mal, decir lo que no se quería decir. La manera más barata de ahorrarse esa sensación es esquivar la conversación. Ahí suele estar la explicación del compañero que es amabilísimo en el ascensor y nunca arranca por su cuenta una charla más larga.
Nadie tiene que excluirte para que acabes fuera
La investigación hecha dentro de las propias empresas es lo bastante concreta como para citarla en un comité de dirección.
Una empresa francesa adoptó el inglés como idioma de trabajo, y alguien se tomó la molestia de estudiar qué pasó después. Los no nativos perdieron estatus sin importar cuál fuera su nivel real de inglés. La ansiedad no la predecía el nivel medido, sino lo capaz que se sentía cada uno. Y no subía en línea recta: quienes se calificaban en un nivel medio cargaban con más ansiedad que quienes se calificaban en el más bajo.
Guarda ese dato donde puedas encontrarlo. Si a los dieciocho meses el idioma se te hace más cuesta arriba que a los tres, no estás retrocediendo: estás en el tramo de la curva donde se amontona todo el mundo.
Otro estudio siguió a equipos de software repartidos por varios países. Las diferencias de nivel abren una grieta en un equipo, pero esa grieta solo se volvía dañina donde ya había una pelea abierta por quién manda. El idioma era el pararrayos, no la tormenta.
Un tercero le puso nombre a la escena de la ventana: quedarse fuera por el simple hecho de que una conversación ocurra en un idioma y no en otro, sin que nadie pretenda nada. Eso predecía que la persona se iría desentendiendo de su organización, y ese desapego traía consigo menos gestos de ayuda y más roces. El golpe era más duro para quienes de entrada tenían menos seguridad en el trato con los demás.
Fíjate en el orden de los hechos, porque así se frena una carrera sin que nadie lo haya decidido. A alguien lo dejan fuera sin querer y esa persona se retrae. Y el retraimiento se lee como actitud, o como falta de encaje en el equipo, y así lo interpretan precisamente quienes nunca lo relacionaron con el jueves junto a la ventana.
Que el idioma pese más que el organigrama tiene una razón estructural. El conocimiento formal de una empresa sí vive en el idioma oficial: el manual, las diapositivas, el sistema de tickets. El conocimiento que de verdad hace falta para trabajar, no. Quién decide, qué plazo es el plazo real, de qué se reía todo el mundo en la reunión diaria, a quién preguntar cuando el proceso se atasca: eso circula en el pasillo, en el idioma que hable el pasillo.
El recelo no se disuelve con información, se disuelve con trato
Si la incomodidad viniera de diferencias profundas e inamovibles, no habría nada que hacer. El mayor conjunto de pruebas de la psicología social dice lo contrario.
Junta 515 estudios de 38 países y un cuarto de millón de personas: el contacto entre grupos va acompañado de menos prejuicio. En cada relación concreta el efecto es modesto. De un entorno a otro es notablemente constante.
La pregunta útil viene después: ¿por qué funciona el contacto? Se pusieron a prueba tres explicaciones. Bajar la ansiedad resultó, de lejos, la más potente. Entender cómo ve las cosas la otra persona quedó segunda. Saber datos sobre el otro grupo quedó última, y por mucho.
Vale la pena detenerse ahí, porque es justo lo contrario de lo que se suele suponer. El recelo no se acaba con información sobre los extranjeros; se acaba con repetición: trato corriente y más trato corriente, hasta que tratarse deja de parecer un riesgo. Y entre adultos que trabajan, el trato corriente consiste casi por completo en hablar.
El mismo patrón aparece a escala de país en Alemania: en los distritos con más residentes de origen extranjero la mayoría mostraba menos prejuicios, y lo explicaba el contacto, no una sensación de amenaza. Más vecinos, más conversaciones; y más conversaciones, menos miedo.
La cuenta sale más cara de lo que la gente supone
El número más limpio lo aporta Suiza. Allí a los refugiados se les asigna un cantón sin atender a dónde querrían ir, y el país tiene una frontera nítida entre su zona de habla alemana y su zona de habla francesa. Que alguien llegara hablando ya el idioma del lugar quedaba, por lo tanto, en manos del azar, y eso es lo más parecido a un experimento controlado que ofrece la vida real. Hablar el idioma local más que duplicó la proporción de personas con empleo durante los cinco primeros años.
Las encuestas británicas apuntan en la misma dirección: con un buen dominio del idioma, las tasas de empleo eran entre 15 y 17 puntos porcentuales más altas, y los ingresos, alrededor de un quinto superiores. La cifra de empleo es la sólida. La de ingresos se tambalea en cuanto se tiene en cuenta lo tosca que es la medición del nivel de idioma, así que tómala como una dirección y no como una promesa.
Y un estudio neerlandés que siguió durante varios años a los mismos 1800 inmigrantes encontró que el idioma no solo coincidía con tener amistades locales: predecía que ese contacto crecería con el tiempo.
Pon las piezas en fila y no sale una lista, sale un círculo. El idioma hace posible el contacto. El contacto les baja la ansiedad a los dos lados. Menos ansiedad trae más contacto, y más contacto trae más idioma. El círculo gira con la misma facilidad en sentido contrario, y un primer año fuera que no arranca es exactamente eso visto desde dentro.
Entonces aprende el idioma, y apunta al blanco correcto
No porque le debas a nadie una demostración de que perteneces, sino porque es la única pieza de todo este sistema que manejas tú, y porque actúa sobre todas las demás a la vez.
Cinco cosas que conviene saber antes de empezar.
1. No estás aprendiendo «el idioma», sino la versión que se habla en tu empresa. El vocabulario de un puesto de trabajo es reducido, denso y se repite sin descanso: los procesos de tu equipo, los términos de tu sector, las veinte fórmulas que abren y cierran una reunión, las tres palabras que usa tu jefa cuando algo urge de verdad. Eso no lo enseña ningún curso, porque pertenece a tu empleador y no al idioma.
2. Apunta al almuerzo, no al informe. Un informe escrito es un problema resuelto: hay diccionario y hay tiempo. La conversación suelta, las interrupciones, los chistes y las quejas sobre el clima, no. Y son justo esas las que llevan dentro la información social. También son las que las aplicaciones menos entrenan, que es el tema de por qué a tanta gente le fallan las apps de idiomas.
3. Entrena la evocación, no el reconocimiento. Entender una palabra cuando la dice un compañero y sacarla tú dos segundos después, en plena conversación, son dos capacidades distintas. Solo la segunda te mete en el grupo de la ventana.
4. Habla antes de sentir que ya puedes. La ansiedad corre en las dos direcciones, y en las dos baja con trato corriente repetido. Esperar a que la gramática esté presentable aplaza justamente lo único que la arregla.
5. Cuenta con que la mitad del camino se te haga peor que el principio. Al principio se te perdona todo. A mitad de camino ya entiendes lo suficiente para saber con exactitud qué te estás perdiendo. Eso es progreso con un disfraz poco favorecedor, y es ahí donde abandona la mayoría.
Al equipo le cuesta mucho menos que a ti
Sería deshonesto cargárselo todo a quien acaba de llegar. Un equipo puede bajar esa misma barrera casi sin costo: volver al idioma común cuando alguien se suma al grupo, contar en ese idioma el remate del chiste, resumir los dos últimos minutos en una frase en lugar de decir «nada importante». Ponerle nombre al efecto en voz alta también ayuda, porque la gente sí lo corrige cuando sabe que está ahí. El miedo es un problema de dos, y los dos tienen de dónde tirar.
Dónde encajamos y dónde no
Vokabulo existe para el primero de esos cinco puntos. Las palabras salen de tu propia semana y no de un temario: el término que tu equipo repite en la reunión diaria, la frase del comunicado interno que entendiste a medias, aquello que dijo un compañero en el almuerzo y a lo que respondiste asintiendo. Cada cosa la guardas con el contexto en el que te la encontraste, la repetición espaciada te la devuelve antes de que se te escape, las respuestas se escriben en lugar de elegirse de una lista, y las indicaciones de uso te dicen si algo vale para un mensaje a un compañero o para un correo a un cliente.
Es una tarea pequeña a propósito. Vokabulo no te entrena el oído para cuatro personas que hablan a la vez junto a la ventana, no consigue que te inviten a almorzar y no va a convencer a tu equipo de que cambie de idioma. Para eso hacen falta contacto, valor y alguien en el equipo que se dé cuenta. Sí puede, en cambio, hacer que el vocabulario de tu trabajo concreto deje de ser el motivo de tu silencio.
La palabra «extranjero», en todos los idiomas que tienen una, dice lo que una persona no es. El idioma es la parte de esa definición que puedes cambiar desde dentro, y cambiarla mueve bastante más que tu sueldo.
Más sobre las palabras en el vocabulario alemán del trabajo y lo que pasa de verdad en una reunión del Betriebsrat, el comité de empresa y las fórmulas alemanas de correo que suenan profesionales; y sobre el nivel en el que todo esto se concentra, cómo superar la meseta intermedia.
Fuentes
- Artículo 1.1 de la Ley Orgánica 4/2000 (Ley de Extranjería), España.
- Artículo 3, fracción XXI, de la Ley de Migración, México.
- § 2 Abs. 1 Aufenthaltsgesetz (AufenthG), Germany.
- Reber, R., Winkielman, P., & Schwarz, N. (1998). Effects of perceptual fluency on affective judgments. Psychological Science, 9(1), 45-48. doi.org/10.1111/1467-9280.00008
- Lev-Ari, S., & Keysar, B. (2010). Why don’t we believe non-native speakers? The influence of accent on credibility. Journal of Experimental Social Psychology, 46(6), 1093-1096. doi.org/10.1016/j.jesp.2010.05.025
- Stephan, W. G., & Stephan, C. W. (1985). Intergroup anxiety. Journal of Social Issues, 41(3), 157-175. doi.org/10.1111/j.1540-4560.1985.tb01134.x
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