- La versión corta
- Cuatro reformas del método y el resultado no se movió
- Seis años de escuela dan unas ocho horas hablando
- El mayor estudio europeo se saltó la expresión oral porque era incómoda
- Japón es quinto del mundo en matemáticas y casi último en inglés
- Contratar profesores nativos no arregla nada
- Todos los sistemas que van mejor compraron horas
- Tres cambios que sí moverían la cifra
- Entonces, ¿cambió algo?
Casi todos conocemos a alguien así: estudió inglés ocho años en la escuela y aprobó el examen. Diez años después lee una carta de restaurante, entiende quizá un tercio de un noticiero y no aguanta cinco minutos de charla sin disculparse por su inglés. En varios países grandes de Europa, esa gente es mayoría.
La explicación habitual dice que la enseñanza de idiomas se quedó en el siglo XIX. Es justo al revés: cambió una y otra vez. El freno está en otro sitio, y se puede medir.
La versión corta
- El método se cambió por completo cuatro o cinco veces desde 1882. Los resultados apenas se movieron.
- En un grupo de 28, cada alumno habla unos 43 segundos por clase. Seis años de escuela suman unas ocho horas hablando.
- La escuela da unas 700 horas de idioma, que sobre el papel llevan hasta el C1. Casi nadie se acerca, porque la mayor parte de esas horas no se dedica a usar la lengua.
- El mayor estudio europeo sobre idiomas en la escuela no evaluó la expresión oral. Era demasiado difícil de organizar: el problema entero en una frase.
- Los países que van mejor no encontraron un método mejor. Encontraron más horas: otras asignaturas en el idioma, televisión subtitulada en lugar de doblada, una vida diaria que exige la lengua.
Cuatro reformas del método y el resultado no se movió
El método de gramática y traducción, el que todos imaginan cuando se quejan, ya lo denunciaban como un escándalo en 1882, cuando un filólogo alemán publicó un folleto cuyo título era todo el argumento: Der Sprachunterricht muss umkehren!, «la enseñanza de idiomas tiene que dar media vuelta». Después llegaron el método directo, los ejercicios estructurales con su laboratorio, el enfoque comunicativo, el Marco Común Europeo y, por último, la enseñanza de otras materias en la lengua extranjera. Cuatro o cinco reformas completas en ciento cuarenta años, cada una vendida como el final de la anterior.
Los resultados se midieron en serio por primera vez en 2011. Europa evaluó a casi 54 000 alumnos en 16 sistemas escolares. En la primera lengua extranjera, el 42% llegaba a B1 o B2, el nivel en el que te defiendes. Otro 42%, exactamente la misma proporción, estaba en A1 o por debajo, es decir, casi sin empezar. Malta y Suecia tenían al 82% en B1 o más en inglés; Francia se quedaba en el 14% e Inglaterra en el 9% en francés. España sí participó en aquel estudio; buena parte de Europa no.
El método cambió y el resultado no, así que el método nunca fue el freno.
Seis años de escuela dan unas ocho horas hablando
Cambridge English publica las horas que dan por supuestas sus exámenes: unas 200 por nivel, entre 700 y 800 para llegar al C1. Ahora suma lo que da la escuela. Tres clases semanales de 45 minutos, 38 semanas al año, son unas 85 horas. Seis años de eso, más unos cientos de horas de primaria, suman unas 700. Sobre el papel, C1.
Casi nadie llega al C1, así que esas no son horas reales. Una parte se va en organizar al grupo y devolver trabajos. Otra, en la lengua materna, que es donde se dan las instrucciones y se explica la gramática. Otra, en escribir, en silencio. Lo que queda, el rato en el que un alumno dice algo en el idioma, se reparte entre todos los que están en el aula.
Supón un profesor muy bueno: sus alumnos hablan 20 minutos en una clase de 45. En un grupo de 28 salen 43 segundos por cabeza. Un curso escolar son unos 80 minutos. Seis años dan alrededor de ocho horas.
Ocho horas hablando en seis años, y luego nos extraña que nadie hable.
El enfoque comunicativo encontró hace décadas la única salida a esa aritmética: poner al grupo en parejas. Veinte minutos de dos en dos dan diez minutos a cada uno en lugar de 43 segundos, catorce veces más. Por eso se hizo la reforma, y eso es justo lo que dificultan las clases numerosas, el ruido, las filas de pupitres, los niveles desiguales y un examen que ignora el habla. El método sabía la respuesta. El aula hizo casi imposible aplicarla.
El mayor estudio europeo se saltó la expresión oral porque era incómoda
Aquel estudio de 2011 evaluó comprensión lectora, comprensión oral y expresión escrita. No evaluó la expresión oral, que el propio informe consideró demasiado complicada para una primera ronda. La medición más cuidadosa que intentó Europa dejó fuera justo la destreza de la que se queja todo el mundo, por pura logística.
Es un síntoma, y el dato más útil de este artículo. El examen decide lo que se enseña. Los docentes enseñan mirando al examen: es lo que sus alumnos necesitan y por él se juzga a su centro. Si la prueba es una lectura, un ejercicio de gramática y un texto escrito, esa prueba ya definió la asignatura, y hablar queda fuera.
Japón intentó cambiar justo eso y fracasó. Quiso meter pruebas comerciales de nivel en el examen de acceso a la universidad, solo para conseguir una parte oral, y el plan se vino abajo por razones de equidad: quién vive cerca de un centro de examen y quién puede pagar las academias que viven de esas pruebas. Las pruebas orales no son imposibles. Fracasan cuando se dejan en manos de un mercado privado.
Japón es quinto del mundo en matemáticas y casi último en inglés
Japón sacó 536 puntos en las pruebas internacionales de matemáticas de 2022, frente a una media de 472 entre los países ricos, y está también arriba en lectura y ciencias. En la clasificación de nivel de inglés más conocida de 2025 quedó en el puesto 96 de 123 países, en la franja más baja. Esa clasificación la alimenta gente que decide hacer una prueba gratuita en internet, así que el puesto exacto hay que tomarlo con pinzas, pero en Japón nadie discute la dirección.
Un sistema que enseña matemáticas mejor que casi cualquier otro no lleva su inglés ni a media tabla. No es aptitud y no es esfuerzo. Son cuatro cosas:
- La distancia. A quien habla inglés, el japonés le exige tres o cuatro veces más horas que el francés, y la dificultad funciona en los dos sentidos.
- Los exámenes. Los de acceso a la universidad premiaron durante décadas la lectura, la gramática y la traducción, que se corrigen en masa y sin correctores que hablen con fluidez.
- La exposición. Japón dobla su televisión y el inglés casi no aparece en la vida diaria. Una adolescente neerlandesa se lo encuentra sin doblar en la pantalla, en los videojuegos, en la música, en la mitad de internet que consulta, y más tarde en un correo de trabajo.
- La necesidad. En Japón se puede hacer una carrera profesional entera sin inglés. En los Países Bajos no, y eso se sabe a los catorce años.
Qué países doblan y cuáles subtitulan se decidió en los años treinta por el tamaño del mercado y por la política, no por la educación. Unos economistas aprovecharon ese accidente como experimento natural, y el resultado es de los más claros del campo: los países que subtitulan puntúan bastante más alto en inglés, y la diferencia es todavía mayor en comprensión oral. Varios cientos de horas de escucha al año que no le cuestan nada a ningún ministerio.
Francia, con su 14%, desmonta cualquier lectura complaciente: también dobla, y tampoco necesita el inglés para su día a día. No es cuestión de carácter nacional. Es cuestión de cuántas horas de idioma regala la vida cotidiana de un país.
Contratar profesores nativos no arregla nada
Es la pregunta de todo el mundo, con un tono que da la respuesta por obvia. Hay tres razones por las que no.
- No hay ni de lejos suficientes. Solo España emplea a decenas de miles de profesores de inglés; suma Francia, Polonia, Italia, Alemania, Turquía, Brasil, China. España tampoco podría cubrir las clases de español del mundo. Casi todas las lenguas del planeta las enseña gente que las aprendió, y casi en todas partes.
- Hablar un idioma no es una titulación docente. Quien lo aprendió sabe qué error llega la semana que viene. Una profesora española de alemán que peleó con las declinaciones ve venir el problema. Un nativo muchas veces nunca fue consciente de esa regla.
- Los grandes programas públicos no cambiaron el resultado. El programa japonés de auxiliares colocó a 82 628 personas en las aulas del país desde 1987 y el nivel nacional de inglés no se movió.
Junto a un docente local con formación, un nativo vale mucho: aporta lengua real a la que el grupo no puede contestar en su propio idioma. En lugar de ese docente, mucho menos. La pregunta culpa al acento que hay delante de la pizarra cuando el problema es cuántos minutos habla cada alumno. Cambia al profesor y la cuenta sigue igual.
Todos los sistemas que van mejor compraron horas
Los Países Bajos enseñan otras asignaturas en el idioma. En 2021, 134 de sus 648 centros de secundaria tenían una sección bilingüe neerlandés-inglés acreditada. Esos alumnos llegan antes y más alto en inglés que sus compañeros de la vía ordinaria, y los dos temores habituales no se cumplieron: los resultados en geografía o historia no cambian de forma medible y su neerlandés tampoco sufre. Los investigadores que estudian el programa avisan: esas secciones atraen a alumnos motivados de familias implicadas, y la diferencia bruta exagera el efecto.
Luxemburgo es el aviso. En el sistema escolar más multilingüe de Europa, los niños de hogares francófonos y lusófonos puntúan peor en comprensión oral de alemán y de luxemburgués, sea cual sea su origen social, y también en matemáticas, porque esa asignatura llega en alemán. En julio de 2025 el gobierno presentó un proyecto de ley que permite a las familias elegir la alfabetización en francés. Enseñar una asignatura en una lengua clasifica a los niños por la lengua con la que llegaron, y un sistema que no lo prevé convierte su política lingüística en desigualdad.
Y la reforma que adoptaron todos fue la que menos rindió. Empezar antes es ya casi universal y, aun así, entre 2013 y 2020 la proporción de alumnos del primer ciclo de secundaria con dos idiomas o más se movió 0,8 puntos porcentuales. La aritmética descarta justo eso: más años de contacto flojo.
Tres cambios que sí moverían la cifra
1. Evalúa aquello que quieres que la gente sepa hacer
La expresión oral tiene que estar en el examen que cierra la secundaria, con un peso que ningún departamento pueda esquivar. Es la palanca más barata de la educación: llega a la vez a todas las aulas y no hay que convencer a nadie.
Las objeciones son reales: las pruebas orales son lentas, corregirlas con el mismo criterio es difícil y un alumno bloqueado por los nervios no muestra su nivel de idioma. Pero muchos sitios lo hacen y la receta se conoce: orales en el propio centro, supervisados desde fuera y grabados para revisar una muestra. O dentro del sistema educativo, o nada.
En España el asunto va a medio camino: la prueba de acceso a la universidad reformada, la EBAU, ya incluye comprensión oral, pero en casi todo el país sigue faltando la expresión oral. Y es justo esa parte la que decide qué se hace en clase.
El efecto indirecto importa más que el examen. En cuanto se evalúa el habla, el trabajo por parejas deja de ser lo que hacen los buenos profesores cuando pueden y pasa a ser el centro de la clase. Los 43 segundos se convierten en diez minutos. Ahí se juega todo.
2. Compra las horas a otras asignaturas y a las tardes
Ningún ministerio encuentra trescientas horas más de idioma en un horario lleno, y cada intento acaba en un pulso con matemáticas, historia y educación física que los idiomas pierden. Así que saca las horas de una asignatura que ya estás dando y dala en ese idioma.
En España esto ya está en marcha: el convenio entre el Ministerio de Educación y el British Council funciona desde mediados de los años noventa, y el programa bilingüe de Madrid, desde 2004. Treinta años dejan una condición clara: si quien da ciencias sociales domina la lengua, la asignatura sale intacta y el idioma gana; si no, sale una asignatura reducida en un inglés reducido.
El cuello de botella es el profesorado: alguien capaz de dar geografía con soltura en inglés es más raro que un geógrafo o que un profesor de inglés, y por eso en los Países Bajos es una sección en 134 centros y no el diseño de los 648. De ahí la versión sensata, una cualificación nacional y no un decreto: paga a los profesores que ya están en plantilla lo que cuesta subir de nivel y certificarse.
Después está la mitad gratuita, la que no cuesta ni un profesor. Subtitular exige una norma audiovisual, no una partida presupuestaria, y hoy depende sobre todo de las opciones por defecto: si una plataforma deja el audio original a un toque o a cuatro, y si alguien le enseñó a una chica de catorce años a cambiarlo. Eso lo hace un profesor un martes por la tarde, y vale más que la clase que interrumpe.
3. Deja de prometer fluidez y pon las herramientas encima de la mesa
Leer una novela sin ayuda constante exige unas 8000 o 9000 familias de palabras, y seguir el habla corriente, unas 6000 o 7000. Quien está en B2 maneja entre 3250 y 3750 de las 5000 palabras más frecuentes, y quien termina la secundaria suele estar bastante por debajo. La escuela deja al alumno a un tercio del camino, y justo ahí se acaban las clases.
Llamar a eso fracaso es injusto con docentes que hicieron lo que permitían 45 minutos. Llamarlo final es deshonesto con los alumnos. Así que cambia lo que promete la asignatura: una base sólida y un método para seguir por tu cuenta, enseñado como materia evaluable y no como cartel motivacional de la primera semana. Cómo llevar un registro de las palabras que te encuentras tú. Cómo funciona la repetición espaciada y por qué lo que memorizas la noche antes no sobrevive al verano. Cómo encontrar a alguien con quien hablar y no perderlo.
En esa última parte trabajamos nosotros, y es pequeña a propósito. Vokabulo existe para los varios miles de palabras que pertenecen a la vida de una persona y a ningún temario, guardadas con su contexto y devueltas en un calendario de repetición espaciada. No sustituye a un profesor.
Entonces, ¿cambió algo?
Las dos mitades son ciertas. La doctrina se reconstruyó cuatro o cinco veces desde 1882 y la clase sigue pareciéndose a la de siempre, porque una clase de idiomas la fijan 45 minutos, 28 sillas, un adulto y un examen que mide la lectura.
Los países que van mejor encontraron más horas: en otras asignaturas, en la televisión, en que una adolescente neerlandesa va a necesitar el inglés y lo sabe. Donde la vida ordinaria no las regala, hay que comprarlas a propósito. Si no, el resultado sigue siendo el de hace un siglo: gente que estudió un idioma ocho años y se disculpa por no hablarlo.
Más sobre las horas en por qué tanta gente fracasa con las apps de idiomas, sobre los niveles en entender los niveles del MCER, sobre dónde se atasca quien sale de la secundaria en superar la meseta intermedia, y sobre retomar un idioma décadas después en aprender un idioma en la vejez.